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Acapulco, duelo colectivo – Opinión

by Redacción
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Por Óscar Sánchez Márquez

Recorrer las avenidas y calles de Acapulco, no sólo la zona comercial, sino más allá de las luces de neón y la opulencia destruida, permite respirar el dolor y duelo colectivo que ha dejado Otis. No es únicamente   por la frustración de lo perdido, seres queridos, familiares o amigos de trabajo, sino esa sensación que se ahoga en el pecho de todos los habitantes por un sentimiento de abandono.

Hoy el puerto luce, a 30 días del paso del huracán, como una zona de guerra. Hay devastación por todos lados donde se dirige la mirada: cerros de basura por doquier, negocios semidestruidos, gente deambulando en espera de una dádiva; filas para todo;  tanto para retirar dinero de un cajero, como para pedir  información  o recibir los apoyos  gubernamentales, los cuales se ha convertido en  instrumento de poder de una burocracia improvisada.

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La mano del gobierno municipal que encabeza Abelina López Rodríguez, morenista de cepa, no se ve por ningún lado. La tragedia la sepultó, a ella y a todo su gabinete, en esa otra basura que ha generado el huracán, la basura política. Cada declaración que emite la funcionaria es para reaccionar como si ella fuera la  víctima. Abelina se asume acosada, pero es solo para esconder su pequeñez.

Sin ir muy lejos, a cuatro semanas de que el meteoro le arrebató el brillo y la alegría a esta zona turística, el problema de la basura no ha sido resuelto. No se trata   únicamente de escombros generados por la destrucción de viviendas y negocios, sino de basura orgánica que se apila de manera continua a lo largo y ancho de calles y avenidas.

Pero no es la basura en sí lo que revela la lentitud de  las autoridades, sino la falta de una coordinación mínima y un plan estratégico ya no digamos a nivel integral en  todas las zonas afectadas, sino en las calles y avenidas emblemáticas de Acapulco. La zona de Acapulco Diamante es un triste espectáculo de basura y destrucción, a pesar de que un ejército de trabajadores de empresas privadas y públicas realizan jornadas extenuantes para rehabilitar servicios.

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Son estos empleados, en su gran mayoría, los que están librando su principal batalla, la de rehabilitación de servicios, entre el muladar. Hasta ayer jueves que estuvo el presidente López Obrador en la zona naval, del lado de la Costera Miguel Alemán, se activaron brigadas de limpieza, pero 30 días de acumulación de  basura, escombros  e incluso coches destruidos, se siguen viendo por todos lados.

Las cifras alegres de la alcaldesa en el sentido de que se han retirado miles de toneladas de basura son demagogia pura que se comprueba con sólo pisar la calle y dar un recorrido de unas cuentas calles. La zona de la Costera Miguel Alemán genera tristeza, no solo por hoteles y comercios destruidos, sino el andar de la gente, que masculle su desgracia.

La presencia del presidente no genera ánimo, sino lo contrario, un mayor coraje.  La gente de a pie no logra entender por que López Obrador no ha andado las calles para ver el horror del huracán y sus secuelas, no asimila que el presidente del pueblo no haya realizado ni siquiera un pequeño recorrido por calles de las colonias aledañas a la zona turística. Las  despensas y promesas que recibe la gente con el logo de bienestar no logra reparar esa conmoción colectiva que hoy se ha traducido en un duelo colectivo.

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No hay techo, no hay límite en el presupuesto para la recuperación de Acapulco, ha dicho el presidente López Obrador entre sus cuatro paredes de la zona militar donde se guareció la mañana del jueves para anunciar la reapertura de Acapulco en diciembre y en marzo del 2024.

Quizá más que anunciar las “carretadas de dinero” para las víctimas de Otis, lo que todas estas, madres y padres de familia, adultos mayores, jóvenes, niños, la sociedad en su conjunto, esperaba era una simple compañía solidaria, presencial, que juntos respiraran el dolor colectivo.

Porque, eso sí, eso queda claro, los acapulqueños se las saben arreglar solos, lo han hecho ya en otras tragedias, sin un apoyo real por parte de funcionarios a quienes  su ego y pequeñez intelectual les ciega la mente.

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