• Mientras México se prepara para inaugurar la Copa del Mundo, el futbol confirma su peso económico, pero también exhibe una realidad incómoda: el entusiasmo ciudadano es moderado, los costos para los aficionados se disparan y la ausencia de la presidenta Claudia Sheinbaum en la ceremonia inaugural se convierte en un mensaje político imposible de ignorar.
Ernesto Madrid
A partir de este jueves, México volverá a ocupar el centro del escenario global con el arranque de la Copa Mundial de Futbol 2026. Sin embargo, detrás de las imágenes de estadios llenos, ceremonias espectaculares y discursos sobre derrama económica, emerge una pregunta menos festiva: ¿qué tan relevante es realmente el Mundial para los mexicanos y qué le dejará al país cuando termine el último partido?
Los datos sugieren que el futbol sigue siendo una poderosa industria económica, aunque no necesariamente una pasión compartida por la mayoría. Un análisis de Banamex estima que las actividades vinculadas al futbol generaron en 2024 un Valor Agregado Bruto de 52 mil 640 millones de pesos, equivalente al 0.16 por ciento del PIB nacional. La cifra supera incluso a sectores culturales como la industria cinematográfica y confirma que el llamado “deporte rey” es hoy mucho más una industria de entretenimiento que una actividad deportiva.
La mayor parte de su valor económico no proviene de la cancha, sino de las transmisiones televisivas, los contenidos audiovisuales, la televisión de paga, las apuestas y el consumo asociado al espectáculo. En otras palabras, el negocio está cada vez más en las pantallas que en las tribunas.
Paradójicamente, mientras el futbol genera miles de millones de pesos, el interés ciudadano por el Mundial dista de ser avasallador. Una encuesta nacional de El Financiero revela que el porcentaje de personas interesadas “mucho” o “algo” en la justa mundialista aumentó de 29 a 43 por ciento durante mayo. Aunque el crecimiento es significativo, implica también que más de la mitad de la población sigue observando el evento con distancia o indiferencia.
El fenómeno es todavía más evidente cuando se analiza por género. Entre los hombres, el interés alcanza 44 por ciento; entre las mujeres, apenas 32 por ciento. Son cifras que muestran que, pese a la narrativa oficial y comercial, el Mundial no logra convertirse en una causa nacional unánime.
Para quienes sí desean vivir la experiencia en los estadios, el principal adversario será el bolsillo. La FIFA ha transformado la Copa del Mundo en uno de los eventos deportivos más exclusivos del planeta. Los costos de boletos, hospedaje, transporte y paquetes turísticos han provocado críticas tanto en México como en Estados Unidos. Asistir a un partido mundialista se ha convertido menos en una actividad popular y más en un lujo accesible para sectores con alto poder adquisitivo o para aficionados dispuestos a comprometer sus finanzas. La paradoja es evidente: el futbol nació como espectáculo de masas, pero su máxima expresión internacional se vuelve cada vez más inaccesible para buena parte de quienes sostienen su popularidad.
A ello se suma un componente político que marcará esta inauguración. Por primera vez en la historia moderna de los Mundiales organizados por México, la Presidencia de la República no estará representada en la ceremonia inaugural. La decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum rompe con una tradición que sobrevivió incluso a algunos de los momentos más complejos de la vida pública nacional.
La explicación oficial ha sido presentada como un gesto de cercanía social. Sin embargo, en el ámbito político la ausencia inevitablemente genera interpretaciones más profundas. Los antecedentes pesan. En 1968, Gustavo Díaz Ordaz enfrentó los reclamos públicos durante la inauguración de los Juegos Olímpicos tras la matanza de Tlatelolco. En 1986, Miguel de la Madrid recibió una sonora desaprobación en la apertura del Mundial de futbol después de la gestión gubernamental del terremoto de 1985.
La diferencia ahora es que la ausencia evita cualquier posibilidad de confrontación pública, pero deja abierta otra interrogante: ¿qué mensaje proyecta al mundo un país anfitrión cuya máxima autoridad decide no ocupar uno de los escaparates políticos más importantes del planeta?
El reto para México tampoco termina con el silbatazo inicial. La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey enfrentarán una prueba de fuego en materia de movilidad, seguridad, servicios públicos e infraestructura urbana. El verdadero legado del Mundial no se medirá por la cantidad de turistas que lleguen durante unas semanas, sino por la capacidad de convertir esa inversión extraordinaria en beneficios permanentes para los habitantes de las ciudades sede.
Porque cuando se apaguen las luces, se retiren las cámaras y terminen los festejos, quedará la pregunta que siempre acompaña a los grandes eventos internacionales: si el país ganó algo más que visibilidad global.
Por ahora, el Mundial arranca con tres certezas. El futbol sigue siendo un gran negocio. Los aficionados enfrentarán una de las Copas del Mundo más caras de la historia. Y en la fotografía inaugural habrá un espacio vacío que, inevitablemente, también contará una historia sobre el México de 2026. Ese será, mucho más que cualquier marcador, el resultado que termine juzgando la historia.
@JErnestoMadrid
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