Casa OpiniónEl privilegio también se transforma

El privilegio también se transforma

por Redacción
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• Del helicóptero que costaba el cargo en el viejo régimen al “hotel diplomático” para los hijos de los funcionarios: la austeridad republicana convive con las mismas prácticas del poder que prometió erradicar.

Ernesto Madrid

Hay historias que explican mejor que cualquier discurso la distancia entre la promesa política y la realidad del poder. Y el episodio que involucra al actual secretario de Economía, Marcelo Ebrard, es una de ellas.

No se trata solo de que su hijo haya vivido durante meses en la residencia oficial de la embajada de México en Londres. Se trata de lo que el caso revela: que dentro de la llamada Cuarta Transformación sobreviven —y prosperan— las viejas élites del neoliberalismo mexicano, con sus privilegios intactos y, en ocasiones, más normalizados que nunca.

Porque la historia política de Ebrard no comenzó con Morena ni con la transformación prometida por Andrés Manuel López Obrador. Su origen político se remonta al corazón del salinismo. Fue en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari cuando Manuel Camacho Solís lo incorporó al engranaje del poder en el entonces Departamento del Distrito Federal. Allí nació una carrera que ha sobrevivido a partidos, ideologías y narrativas. En la cuna del neoliberalismo.

El caso que hoy lo rodea ocurrió cuando era canciller. Según reportes periodísticos, su hijo “incomodo”, Marcelo Patrick Ebrard Ramos, vivió aproximadamente seis meses en la residencia oficial de la embajada de México en el Reino Unido entre 2021 y 2022. La anfitriona fue la entonces embajadora, Josefa González Blanco Ortiz Mena.

No era cualquier casa. La residencia diplomática está ubicada en Belgrave Square, una de las zonas más exclusivas de Londres. Allí, de acuerdo con investigaciones periodísticas publicadas por El País y retomada por Claudio Ochoa en El Universal, el joven habría ocupado una habitación con chimenea y contado con servicios de personal de la embajada: mayordomo, cocinera y limpieza. Ebrard sostiene que no hubo abuso. Que fue una invitación personal de la embajadora. Que actuó como padre preocupado durante la pandemia. Y que los cuestionamientos responden a “mezquindad”.

Pero la discusión no es sentimental, sino institucional. Porque la propia normativa del servicio exterior prohíbe el uso de instalaciones diplomáticas para fines personales. Y porque la llamada austeridad republicana se construyó precisamente sobre la promesa de erradicar esos privilegios.

El privilegio también se transforma

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La ironía es que la anfitriona de esta historia también representa la continuidad del viejo régimen. Josefa González Blanco es hija de Patrocinio González Garrido, exgobernador priista de Chiapas y secretario de Gobernación en la era salinista.

Y ella misma arrastra un episodio emblemático del poder que se siente dueño de lo público. En 2019, cuando era secretaria de Medio Ambiente, ordenó retrasar el despegue de un vuelo comercial para poder abordarlo. El escándalo la obligó a dejar el cargo. En teoría, la Cuarta Transformación llegó para terminar con esas prácticas.

En la práctica, parecen haberse sofisticado.

El propio Ebrard recurrió a una estrategia conocida: reconocer parcialmente el hecho, agradecer la hospitalidad y desacreditar a quien lo exhibe. Una fórmula política que ya es parte del manual de defensa del poder en tiempos de la 4T. Lo interesante es la comparación histórica.

En 2015, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, el entonces director de Conagua, David Korenfeld, renunció tras ser fotografiado utilizando un helicóptero oficial para trasladarse al aeropuerto con su familia desde Huixquilucan.

El escándalo fue inmediato. Hubo renuncia. Hubo sanción administrativa.
Incluso reembolso a la Tesorería. Hoy, en cambio, el estándar parece distinto. No hay investigación pública visible. No hay sanción anunciada. No hay autocrítica institucional. Solo una defensa política que reduce el debate a la mala intención de la prensa. Y eso dice mucho sobre cómo ha evolucionado el poder.

La austeridad republicana se convirtió en narrativa, pero no necesariamente en práctica uniforme. Mientras se predica la sobriedad como virtud política, dentro del aparato del Estado conviven redes familiares, herencias políticas y privilegios discretos.

El caso Ebrard también desnuda otro rasgo del sistema: la persistencia de la vieja élite burocrática que ha sobrevivido a todas las transiciones. Los mismos apellidos que crecieron en el neoliberalismo ahora operan dentro de la Cuarta Transformación. Los contextos cambian. Los discursos también. Pero los privilegios del poder, esos, rara vez desaparecen. Solo cambian de narrativa.

Y quizá ese sea el verdadero retrato del régimen actual: un proyecto que prometió enterrar al viejo sistema… mientras muchos de sus protagonistas siguen viviendo cómodamente dentro de él.

@JErnestoMadrid
jeemadrid@gmail.com

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