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¿Realidad o ficción? la serie ‘La Captura’ revela verdades ocultas

por OSACAR
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La serie que reconstruye la caída de “El Chapo” Guzmán llega a Netflix el mismo viernes en que un gobernador señalado por Washington vuelve a sentarse en la silla de Sinaloa. La pantalla y la política se miran de frente, y el espejo devuelve una imagen incómoda.

¿Cuál es la realidad y cuál es la ficción? Esa pregunta no nace en un guion. Nace en Sinaloa, un estado que hoy convive con dos estrenos: el de una película y el de un gobernador que regresa al poder pese al peso de una acusación federal en Nueva York. La serie decodifica una historia ya cerrada. La política, en cambio, sigue escribiendo la suya en tiempo real.

La ficción se estrena hoy

Netflix lanzó este viernes 21 de agosto La Captura, conocida internacionalmente como Facing El Chapo. La cinta, protagonizada por Alfonso “Poncho” Herrera y Noé Hernández, reconstruye el operativo del 8 de enero de 2016 en Los Mochis, Sinaloa, cuando dos policías federales interceptaron por accidente a Joaquín “El Chapo” Guzmán durante una revisión rutinaria de vehículos.

Dirigida por Chava Cartas y escrita por Bernardo Esquinca, la producción se aparta de la fórmula tradicional del narcodrama. No glorifica al capo. Pone la cámara sobre los agentes que, según la trama, rechazaron un soborno millonario para custodiar al criminal más buscado del mundo.

Un capo, dos miradas

Héctor Kotsifakis encarna a Guzmán Loera en una actuación que la crítica describe como contenida, alejada de la caricatura. El propio actor confesó temor antes de aceptar el papel: no quería construir un ícono, quería construir un hombre acorralado.

La historia se apoya en las crónicas del periodista Héctor de Mauleón, publicadas originalmente en El Universal. El director lo resume así: existen puntos documentados —la intercepción, el motel, la ropa sucia del capo— y entre esos puntos la ficción llena los espacios que la historia real dejó en sombra.

La crítica reparte golpes

La recepción no ha sido unánime. El portal especializado El Ónfalos calificó la cinta con 5,2 sobre 10, un puntaje que señala una producción correcta pero sin la fuerza narrativa de otras piezas del género. Otros medios mexicanos destacan el giro de perspectiva como su mayor acierto: por primera vez, el héroe no lleva un fusil de asalto ni un alias de leyenda. Lleva una placa y un salario que no alcanza para comprar silencio.

Especialistas en narrativas del narcotráfico ya habían advertido sobre el riesgo de “heroificar” a los villanos en este tipo de producciones. La Captura parece intentar lo contrario: devolver el protagonismo a quienes, la mayoría de las veces, la historia oficial olvida.

El túnel que no se ve

El Chapo es, ante todo, un símbolo de fuga. Escapó dos veces de prisiones de máxima seguridad. En 2015 huyó del Altiplano por un túnel excavado bajo la regadera de su celda. Esa imagen —el hombre que se esfuma bajo tierra mientras el Estado mira hacia otro lado— se volvió metáfora nacional. La Captura no relata esa fuga. Relata su desenlace: el momento en que la suerte, o el destino, finalmente lo alcanzó en una carretera de Los Mochis.

Pero la metáfora del túnel sigue viva fuera de la pantalla. Porque en México, cuando el poder quiere escapar de una acusación, no siempre necesita un túnel de tierra. A veces le basta un recurso legal, un silencio institucional o un calendario electoral.

La realidad acusa

Mientras Netflix estrenaba su thriller, Sinaloa vivía otro capítulo, este sin guion ni director. El pasado 29 de abril, el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusó formalmente al gobernador Rubén Rocha Moya y a nueve funcionarios, activos y retirados, de conspirar con la facción de “Los Chapitos” para importar narcóticos y poseer armas de fuego, incluidas ametralladoras.

La fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, firmada por Jay Clayton y Terrance C. Cole, fue más allá: sostuvo que Los Chapitos habrían intimidado y secuestrado a rivales políticos para asegurar la elección de Rocha Moya en 2021, y que el mandatario, ya en el cargo, habría ofrecido protección a la organización a cambio de dinero y respaldo electoral.

Rocha Moya rechazó cada señalamiento. “No tenemos complicidad con nadie”, declaró, y enmarcó su defensa en la política de “no hay componenda” heredada del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Aseguró además que ni siquiera se encontraba en Sinaloa el día de la supuesta reunión con Ismael “El Mayo” Zambada y Héctor Melesio Cuén, el edil de Culiacán asesinado esa misma jornada de 2024.

El gobernador que regresa

El 2 de mayo, Rocha Moya solicitó licencia al cargo para enfrentar las investigaciones. Estados Unidos pidió su extradición. La presidenta Claudia Sheinbaum informó, el 16 de junio, que Washington no había entregado pruebas suficientes para sustentar una detención urgente. Sin juicio formal de extradición ni plazo legal en curso, el proceso quedó congelado.

Este mismo viernes, con la película de Netflix aún fresca en la cartelera de estrenos, Rocha Moya retomó el gobierno de Sinaloa. Ningún tribunal mexicano lo ha condenado. Ninguna prueba pública, hasta ahora, lo ha hundido. Pero la sombra de la acusación no se disolvió: solo cambió de forma, como el capo que sale de un túnel y aparece, meses después, en otra carretera.

Sinaloa, el escenario real

El expediente estadounidense no se detuvo en el gobernador. Ya cayó el primer nombre de la lista: Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad Pública estatal, fue detenido en mayo al cruzar la frontera hacia Arizona. Otros ocho funcionarios permanecen bajo la lupa de una fiscalía que acumula, desde 2023, más de treinta imputados vinculados al Cártel de Sinaloa en ese mismo distrito judicial.

De fondo, la violencia no cede. Desde septiembre de 2024, dos meses después de la captura de “El Mayo” Zambada, las facciones del cártel rompieron su alianza y convirtieron Sinaloa en un territorio de balas cruzadas. Ese es el paisaje real que la ficción de Netflix apenas roza en sus créditos finales.

Parábola de un país

Hay una parábola incómoda en todo esto. La película cuenta cómo dos hombres, con placa y sin fortuna, rechazaron el dinero del narco para cumplir con su deber. La realidad, mientras tanto, investiga si un gobernador aceptó justo lo contrario: poder político a cambio de protección criminal.

La ficción premia al policía honesto con un final feliz, la reubicación, una nueva identidad y el peso simbólico del héroe anónimo. La política mexicana, en cambio, todavía no sabe cómo termina su propia historia. El expediente sigue abierto. La silla del gobernador, ocupada. Y la pregunta original sigue de pie: ¿cuál es la realidad y cuál es la ficción?

La respuesta pendiente

Quizá la respuesta incomode a ambos lados de la pantalla. La ficción de La Captura eligió mirar a los héroes discretos de un episodio ya cerrado. La realidad de Sinaloa, con Rocha Moya de vuelta en el poder y una acusación federal aún sin resolverse, obliga a mirar de frente algo que México prefiere no nombrar: la delgada línea entre gobernar y proteger, entre la ley y el pacto, entre el túnel que se cava con tierra y el que se cava con silencio.

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