• La revisión del acuerdo comercial más importante de Norteamérica entra en fase crítica. Pero detrás de la negociación con Estados Unidos no solo está el futuro económico del país: también comienza a definirse el destino político de Marcelo Ebrard rumbo a 2030.
Ernesto Madrid
A diferencia de lo que se intenta transmitir desde Palacio Nacional, la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá no representa simplemente un procedimiento técnico dentro del acuerdo comercial más importante de Norteamérica. En realidad, marca el inicio de una negociación que puede redefinir el equilibrio económico regional… y de paso comenzar a mover varias piezas dentro del tablero político mexicano rumbo a la sucesión presidencial de 2030.
La presidenta Claudia Sheinbaum insiste en que “las conversaciones van bien”. Mientras tanto, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, salió esta semana a enviar un mensaje de aparente tranquilidad: incluso en el peor escenario planteado por Donald Trump, el T-MEC seguirá vigente al menos diez años más.
La precisión no es menor. La revisión programada para 2026 no implica automáticamente la desaparición del tratado. De acuerdo con las reglas pactadas entre los tres países, si no existe consenso para extenderlo por otros 16 años, el acuerdo simplemente entra en un esquema de revisiones periódicas hasta completar una década adicional de vigencia.
Pero detrás del discurso tranquilizador existe una realidad bastante más compleja: México llega a la negociación comercial más importante de la década en un momento particularmente vulnerable, con una economía desacelerándose, presión arancelaria creciente y una Casa Blanca cada vez más decidida a utilizar el comercio como instrumento de poder geopolítico frente a China.
T-MEC: ¿el examen final de Marcelo Ebrard?
Y ahí aparece el verdadero problema: Donald Trump. Porque esta revisión ya no gira únicamente alrededor del libre comercio. Las conversaciones entre la Secretaría de Economía y la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos incluyen reglas de origen, acero, aluminio, industria automotriz, cadenas de suministro, seguridad económica y, sobre todo, el interés estadounidense de blindar Norteamérica frente al avance industrial chino.
En otras palabras: Washington ya no quiere solamente comerciar con México… quiere decidir qué producimos, cómo lo producimos y con quién hacemos negocios.
No se trata de un asunto menor. Cerca del 85 por ciento de las exportaciones mexicanas entran actualmente a Estados Unidos sin aranceles gracias al tratado. Tan solo en 2025, el comercio bilateral entre ambos países superó los 840 mil millones de dólares, consolidando a México como el principal socio comercial de la economía estadounidense. Desmantelar ese entramado tendría costos enormes para las tres economías, particularmente en industrias estratégicas como la automotriz, electrónica, aeroespacial y manufactura avanzada.
Pero el ángulo menos visible de esta historia sigue estando dentro del propio gobierno mexicano.
Fuentes cercanas al entorno de Marcelo Ebrard sostienen que el actual secretario de Economía contempla concluir esta etapa de negociación para posteriormente salir del gabinete, regresar al Senado y comenzar a recorrer el país a partir de 2027 con la intención de construir, una vez más, un proyecto presidencial rumbo a 2030.
Sería el tercer intento formal… o quizá el cuarto, dependiendo de cómo se contabilicen las ocasiones en que el sistema político terminó cerrándole la puerta. Primero ocurrió en 2012, cuando debió ceder el paso a Andrés Manuel López Obrador; después en 2023, cuando Morena decidió entregar la candidatura presidencial a Claudia Sheinbaum en un proceso cuyos resultados él mismo cuestionó públicamente.
Ahora el T-MEC parece convertirse en su última gran prueba política. Si logra conducir una negociación estable con Washington y preservar condiciones favorables para México, saldrá fortalecido con narrativa de estadista internacional. Pero si fracasa, o México termina aceptando condiciones desfavorables frente a Trump, su margen político podría reducirse dramáticamente.
Porque al final esta negociación no solo definirá el futuro comercial del país. También podría definir quién llega vivo políticamente a la carrera presidencial de 2030. Aunque claro… queda un pequeño detalle. En Morena, históricamente nadie construye una candidatura presidencial sin el visto bueno del poder en turno. Y si algo ha demostrado el obradorismo durante los últimos años es que las sucesiones se organizan… pero rara vez se improvisan.
La verdadera pregunta entonces ya no es únicamente qué va a pasar con el T-MEC.
La pregunta de fondo es si Marcelo Ebrard finalmente tendrá permiso político para competir… o si por cuarta ocasión volverán a decirle que todavía no es su turno.
Porque en México, a veces negociar con Washington resulta mucho más sencillo… que negociar dentro de Morena.
@JErnestoMadrid
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