• Tres décadas después del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el país exporta más que nunca, pero su economía sigue atrapada en una trampa estructural: baja productividad, informalidad creciente y políticas públicas que fragmentan el aparato productivo.
Ernesto Madrid
Cancún, Quintana Roo. – En un panel marcado por la autocrítica —y lejos del optimismo oficial—, figuras clave del sistema financiero como Regina Cuéllar, directora general de la Asociación de Banqueros de México, Santiago Levy, exvicepresidente de Sectores y Conocimiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y Altagracia Gómez Sierra coordinadora del Consejo Asesor de Desarrollo Económico Regional y Relocalización de Empresas de la Presidencia de la República pusieron sobre la mesa una de las verdades más incómodas de la economía mexicana: el país no crece porque no produce mejor.
El diagnóstico no es nuevo, pero sí más crudo: México trabaja más horas que la mayoría de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, pero genera apenas 21 dólares por hora, frente a un promedio de 71 dólares. La brecha no es menor: es estructural.
En el marco de la 89 Convención Bancaria, Levy lo sintetizó sin rodeos: México lleva más de dos décadas sin crecimiento relevante en productividad. Y peor aún, en los últimos años se ha abierto una grieta peligrosa: los salarios crecen, pero la productividad no. Ese desacoplamiento no sólo es insostenible, sino que anticipa tensiones económicas futuras —inflación, pérdida de competitividad o estancamiento prolongado.
El problema no está en la apertura comercial. Desde el TLCAN hasta su evolución en el T-MEC, México ha sido un caso de éxito exportador: pasó de exportar el 5% del PIB a cerca del 35%, alcanzando niveles cercanos al medio billón de dólares. Pero ese éxito convive con un fracaso interno.
El núcleo del problema —coincidieron los ponentes— es la fragmentación productiva. México no tiene una sola economía, sino dos: una formal, productiva e integrada al comercio global; y otra informal, masiva e improductiva.
Los datos son demoledores:
• El 95% de las empresas son microempresas que apenas generan el 15% del PIB.
• Más del 50% de la fuerza laboral está en la informalidad.
• El 90% de las empresas son informales.
• Por cada empresa formal que nace, surgen tres informales.
La consecuencia es una asignación ineficiente de recursos. Como explicó Levy: un mismo peso invertido en una empresa formal genera hasta 40% más valor que en una informal. Sin embargo, México ha canalizado crecientemente sus recursos hacia el sector menos productivo.
No es un fallo del mercado. Es, en palabras del propio Levy, el resultado de “políticas públicas mal diseñadas”.
Entre 1998 y 2018, el número de empresas creció de 2.5 a 4 millones. A primera vista, parecería una señal de dinamismo. Pero el dato es engañoso.

México: crecer sin producir
En ese periodo:
• Murieron 2 millones de empresas.
• El 80% de las empresas actuales no existían hace 20 años.
• La mayoría de las sobrevivientes migró hacia la informalidad.
El resultado es una economía con alta rotación, baja supervivencia empresarial y productividad decreciente. México crea empresas, pero no construye empresas.
La imagen es clara: mientras una pequeña élite de compañías altamente productivas crece, una masa creciente de unidades improductivas arrastra el promedio nacional hacia abajo.
Aquí aparece otro factor clave: la sobrerregulación. De acuerdo con lo expuesto en el panel, una PyME en México puede gastar hasta 95 mil pesos anuales en trámites. El impacto es brutal en empresas familiares o de subsistencia. No es casualidad que:
• El 78% de las PyMEs no sobreviva más de dos años.
• Formalizarse sea más lento que desaparecer.
La paradoja es evidente: el Estado exige formalidad, pero encarece su acceso. En el contexto actual, marcado por el reacomodo global de cadenas productivas, el llamado nearshoring aparece como una oportunidad histórica. Sin embargo, los propios especialistas advierten que no será la solución.
México ya vivió un ciclo de integración global exitoso —con el TLCAN— sin que ello resolviera su problema estructural. Pensar que más comercio exterior resolverá lo que 30 años no han corregido es, en el mejor de los casos, ingenuo. La tesis central que emergió del panel es incómoda para cualquier gobierno: la informalidad no es la causa del estancamiento, sino su consecuencia. Es el resultado de:
• Sistemas fiscales y regulatorios disfuncionales
• Falta de acceso al crédito
• Barreras de entrada a la formalidad
• Políticas públicas que incentivan la fragmentación
Altagracia Gómez Sierra apuntó que, el reto no es sólo atraer inversión, sino rediseñar la relación entre gobierno, empresas y academia, apostando por capacitación, digitalización y cadenas de valor que integren a las PyMEs.
Quizá el dato más revelador sea la comparación internacional: México invierte niveles similares a países como Chile, Colombia o Perú, pero crece menos. Incluso invierte más que Brasil, con peores resultados. La explicación vuelve al mismo punto: productividad.
El estancamiento de México no se explica por falta de tratados, inversión o inserción global. Se explica por un modelo interno que multiplica empresas improductivas, castiga la formalidad y desperdicia recursos. El país no tiene un problema de comercio exterior. Tiene un problema de arquitectura económica. Y mientras esa arquitectura no cambie, México seguirá creciendo… sin avanzar.
@JErnestoMadrid
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