El fracaso de la izquierda

Redacción de Asuntos Especiales | 23 de junio de 2026

Hay semanas que condensan lo que tardó años en construirse. La de este junio de 2026 es una de ellas. En Colombia, un abogado barranquillero de apellido De la Espriella ganó la presidencia desplazando al candidato de la izquierda gobernante. En Perú, Keiko Fujimori está a horas de confirmar su victoria sobre el heredero político del izquierdismo más turbulento de la región. En Cuba, la Asamblea Nacional aprobó por unanimidad un paquete de 176 reformas que abre la isla a la inversión privada y al capital extranjero como no ocurría desde antes de la revolución. Y en el G7 de Francia, el presidente brasileño Lula da Silva se encontró hablando con el micrófono encendido y dijo, sin anestesia, lo que muchos en su campo saben pero nadie se atreve a pronunciar en voz alta: el mundo ya no es de izquierda. Nunca lo fue del todo, añadió, ni siquiera él.

Pocas veces la historia sintetiza una época en tan pocos días.

La confesión del patriarca

Luiz Inácio Lula da Silva es, sin discusión, la figura más importante que ha producido la izquierda latinoamericana en las últimas décadas. Metalúrgico de origen, sindicalista forjado en las huelgas del ABC paulista, fundador del Partido de los Trabajadores, dos veces presidente de Brasil y artífice de uno de los experimentos de inclusión social más ambiciosos del continente. Si hay alguien cuya identidad política parecía inamovible, era él.

Por eso resultó tan elocuente lo que ocurrió en Évian-les-Bains el 17 de junio, durante la cumbre del G7. En medio de una conversación informal con el canciller alemán y la directora del Fondo Monetario Internacional, Lula habló con la libertad de quien cree que nadie lo escucha. El micrófono seguía abierto. Y lo que salió de ese descuido es probablemente la síntesis más honesta del momento político que vive el planeta: él nunca se consideró de izquierda, dijo. Fue un dirigente sindical con buenas relaciones con el sindicalismo europeo, nada más. Y el mundo, agregó, tampoco sigue ese camino. El mundo va por el centro.

La declaración corrió por las redes con la velocidad de un escándalo, pero en el fondo no es escandalosa. Es simplemente verdadera. Y el hecho de que haya tenido que decirse en privado, sin cámaras, para que saliera, dice mucho sobre la brecha que existe entre el discurso de la izquierda y su práctica real de gobierno.

El fracaso de la izquierda

 Colombia: el precio de prometer sin cumplir

Gustavo Petro llegó al poder en Colombia en 2022 con una coalición histórica. Era el primer gobernante de izquierda en la historia contemporánea de ese país. Traía consigo décadas de lucha política, una visión transformadora del Estado y una promesa que resonó en millones de colombianos hartos de la desigualdad y la violencia endémica: paz total, reforma agraria, transición energética, salud universal.

Cuatro años después, lo que quedó fue la distancia entre el tamaño de la promesa y la escasez de los resultados concretos. La estrategia de negociación con los grupos armados no produjo la pacificación esperada; en muchas regiones del país, la presencia de organizaciones criminales creció. La economía acumuló un déficit fiscal significativo, la inversión privada retrocedió y la inflación golpeó con particular dureza a los sectores que el gobierno decía defender. El Congreso, que en un inicio le fue favorable, terminó convirtiéndose en un obstáculo sistemático. La popularidad cayó.

El fracaso de la izquierda

Cuando Iván Cepeda, el candidato del oficialismo para sucederlo, se presentó ante el electorado en primera vuelta, obtuvo menos votos de los que habría necesitado para ir solo a la segunda. El entusiasmo se había evaporado. Los votantes que en 2022 apostaron por el cambio no encontraron, cuatro años después, razones suficientes para renovar esa apuesta.

Lo que el electorado colombiano expresó el 21 de junio no fue un giro ideológico ni una conversión doctrinaria. Fue algo más simple y más brutal: un voto de castigo. Cuando la vida cotidiana no mejora, cuando la inseguridad aumenta, cuando las reformas prometidas no se materializan, el ciudadano busca en la papeleta la única herramienta que tiene. Y esa herramienta señala hacia otro lado.

Perú: el izquierdismo como sinónimo de caos

El caso peruano es aun más revelador, porque la izquierda no llegó a perder por haber gobernado mal durante cuatro años. Llegó a perder por haber gobernado de manera desastrosa durante dos, bajo la figura de Pedro Castillo, un maestro rural cuya administración acumuló cinco gabinetes ministeriales, dos intentos de golpe de Estado, denuncias de corrupción en casi todas las secretarías de gobierno y un final en prisión preventiva.

Roberto Sánchez, el candidato izquierdista en esta segunda vuelta, tuvo la responsabilidad imposible de presentarse ante un electorado al que se le pedía olvidar ese capítulo. No pudo. El apellido Castillo, aunque no apareciera en las boletas, flotó sobre toda la campaña como un estigma. La ciudadanía peruana identificó a la izquierda no con una propuesta de futuro, sino con el recuerdo reciente de un Estado en colapso.

El fracaso de la izquierda

Frente a eso, Keiko Fujimori ofreció una promesa austera pero contundente: orden. Estabilidad institucional. Seguridad pública. Inversión privada. Son conceptos que no emocionan, que no convocan multitudes, pero que tienen enorme peso cuando la alternativa que se recuerda es el caos.

La ironía es notable. Fujimori es hija de Alberto Fujimori, un expresidente cuya herencia está marcada por graves violaciones a los derechos humanos. Y sin embargo, para amplios sectores de la ciudadanía peruana, esa historia resulta menos amenazante que el desorden reciente. Cuando el presente aterra más que el pasado, algo profundo ha fallado en el proyecto progresista.

Cuba: la revolución se reforma a sí misma hasta desaparecer

La revolución cubana fue durante décadas el referente último del socialismo en el hemisferio occidental. Lo que Fidel Castro construyó a partir de 1959 resistió la hostilidad permanente de Estados Unidos, el colapso de la Unión Soviética, décadas de embargo económico y el paso de varias generaciones. No era solo un sistema político. Era una identidad, una narrativa, un relato de resistencia.

Todo eso se fracturó este mes de junio. La Asamblea Nacional de Cuba aprobó un paquete de transformaciones sin precedentes que, por primera vez en la historia de la revolución, permite la inversión extranjera directa con capital cien por ciento privado en sectores que antes eran exclusivos del Estado. Desaparece el salario fijo establecido por el gobierno. Los subsidios universales se reducen a apoyos focalizados. Las empresas estatales podrán reconvertirse en sociedades mercantiles. Se abre la puerta a la banca privada. El tamaño del aparato gubernamental se contrae.

El fracaso de la izquierda

El presidente Miguel Díaz-Canel justificó las medidas apelando a Fidel Castro: la revolución, dijo, es cambiar todo lo que debe ser cambiado. Es una frase hermosa. Es también la manera más elegante de admitir que el modelo que se defendió por más de seis décadas ya no puede sostenerse por sí mismo.

Lo que Cuba construyó a partir de 1959 no colapsó en una noche. Lo fue erosionando la acumulación de décadas de burocracia, ineficiencia, falta de inversión, fuga de cerebros y colapso de los servicios básicos. Hoy la isla padece apagones prolongados, escasez aguda de alimentos y medicamentos, y una ola migratoria histórica que vacía de jóvenes el país. Ante ese cuadro, la dirigencia política tomó una decisión que sus propios fundadores habrían calificado de contrarrevolución: abrirse al mercado para sobrevivir.

La revolución socialista de Fidel Castro no murió a manos de sus enemigos. Murió por el peso de sus propias contradicciones.

México: el movimiento que se convirtió en lo que combatía

Al norte del continente, el relato tiene otro ritmo, pero el mismo fondo. México vive hoy una etapa de desgaste silencioso. No hay todavía una derrota electoral que anunciar, porque el partido gobernante mantiene mayorías sólidas y la presidenta Claudia Sheinbaum conserva niveles de aprobación que cualquier mandatario del mundo envidiaría. Pero debajo de esas cifras hay algo que los expertos en comunicación política conocen bien y que resulta difícil de revertir una vez que se instala: la pérdida de credibilidad sobre la promesa fundacional.

Morena nació como un movimiento de ruptura. Su razón de ser era diferenciarse radicalmente de los partidos que durante décadas gobernaron México bajo el signo de la corrupción, el clientelismo y la impunidad. La lucha anticorrupción no era un punto más de la agenda política; era el corazón de la identidad del movimiento. Era lo que justificaba el apoyo, la lealtad y el sacrificio de millones de ciudadanos que veían en la Cuarta Transformación algo cualitativamente distinto a todo lo anterior.

Siete años de gobierno después, esa distinción se ha ido borrando. En varios estados, figuras del partido enfrentan señalamientos de corrupción, vínculos cuestionables con el poder económico y estilos de vida difíciles de explicar con un salario de funcionario público. En Sinaloa, el escándalo alcanzó proporciones diplomáticas cuando autoridades de Estados Unidos señalaron presuntos vínculos entre la clase política local y el narcotráfico. Otros casos, de distintas magnitudes, salpican a figuras en Guerrero, en la Ciudad de México, en el Senado.

El fracaso de la izquierda

Lo que hace especialmente corrosivo este proceso no es la corrupción en sí, que lamentablemente ha acompañado a casi todos los gobiernos mexicanos. Lo que lo hace corrosivo es el contraste entre lo prometido y lo practicado. El ciudadano que votó por Morena porque creyó en el discurso de la honestidad siente algo más que decepción cuando aparece ese contraste. Siente traición. Y la traición emocional es, en política, mucho más difícil de superar que la traición material.

A ese desgaste de credibilidad se suma la frustración con los resultados en las demandas más concretas de la base social que construyó el movimiento. Los ciudadanos más humildes que apostaron por la transformación siguen esperando más y mejor empleo, precios justos en los mercados, seguridad en sus colonias y acceso real a servicios de salud y educación de calidad. Los programas sociales existen y son apreciados. Pero no han bastado para cambiar de manera estructural las condiciones de vida de quienes más lo necesitaban.

Mientras tanto, en el interior del partido se reproducen exactamente los fenómenos que se prometieron erradicar. Las candidaturas se negocian. Los cacicazgos locales se preservan con nuevos apellidos. Las redes de lealtad personal sustituyen a las de la meritocracia. Morena llegó al poder prometiendo terminar con el sistema. Y está construyendo, ladrillo a ladrillo, uno nuevo que se le parece mucho.

 El mapa continental y la marea que cambia de sentido

Lo que ocurre en Colombia, en Perú, en Cuba y en México no puede leerse como una suma de accidentes locales. Es parte de un fenómeno de mayor alcance que está redibujando el mapa político de una región entera.

En Argentina, Javier Milei llegó a la presidencia montado en el agotamiento de décadas de peronismo. En Chile, una ciudadanía que en 2019 salió a las calles a demandar cambios radicales eligió apenas tres años después a un candidato de derecha por un margen amplio. En Ecuador, Bolivia y varios países de Centroamérica, el ciclo progresista que dominó la primera década del siglo ha dado paso a gobiernos que hablan el lenguaje del orden, la seguridad y el mercado.

# El fracaso de la izquierda

En Europa, el proceso tiene sus propias características pero apunta en una dirección similar. Los partidos de extrema derecha participan hoy en uno de cada tres gobiernos de coalición de la Unión Europea. En Alemania, la formación ultraderechista encabeza las encuestas en varios estados del este. En Francia, el partido de Marine Le Pen se perfila como el favorito para las presidenciales de 2027, mientras el gobierno de Macron acumula un nivel de impopularidad que no tenía precedente desde 2017. En Italia, Giorgia Meloni gobierna con comodidad. En Austria, los grupos radicales son parte del ejecutivo.

Las causas europeas tienen particularidades propias: la crisis migratoria, la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias tras la inflación del período poscovid, la guerra en Ucrania y sus consecuencias económicas, la percepción de que las élites políticas tradicionales están desconectadas de los problemas reales. Pero en su núcleo, el mecanismo es el mismo que en América Latina: un electorado que se siente abandonado por quienes prometieron representarlo.

Las causas del naufragio

Hay tres errores que la izquierda repite con una regularidad que ya no puede atribuirse a la mala suerte.

El primero es confundir el voto de hartazgo con un mandato ideológico. Las mayorías que llevaron al poder a Petro en Colombia, a Castillo en Perú o a López Obrador en México no eran mayorías de izquierda en sentido doctrinario. Eran mayorías de cansancio: gente que quería que las cosas cambiaran, que vivía de manera insatisfactoria bajo los gobiernos anteriores y que apostó por una alternativa. Eso no es lo mismo que un apoyo a un programa de transformación socialista. Cuando los gobiernos progresistas actúan como si lo fuera, pierden a los que votaron por el cambio y no por la ideología.

El segundo error es subestimar las demandas materiales inmediatas. La inseguridad, la inflación, el empleo y el acceso a los servicios básicos no son temas menores que puedan posponerse mientras se debate la gran transformación estructural. Son la vida cotidiana de la gente. Y cuando esa vida cotidiana no mejora, o empeora, ningún discurso de largo plazo resiste el peso de la experiencia diaria.

El tercero, y quizás el más profundo, es la incapacidad para renovarse sin traicionarse. Los movimientos progresistas llegan al poder con una energía moral genuina y terminan atrapados entre la necesidad de gobernar con lo que hay y la tentación de convertirse en lo que criticaban. Cuando eso ocurre, la desilusión no tiene remedio fácil. La base social que construyó el movimiento no perdona la hipocresía mejor que cualquier electorado convencional. Exige más, precisamente porque esperaba más.

La derecha que resurge: ¿qué quiere realmente?

Sería un error, sin embargo, leer el avance de la derecha como un simple péndulo que regresa al punto de origen. Los gobiernos y movimientos que están ganando terreno en América Latina y Europa no son, en su mayoría, el conservadurismo tradicional de hace treinta años. Son formaciones nuevas, con liderazgos nuevos, que hablan un lenguaje que mezcla la mano dura en seguridad con demandas de eficiencia, transparencia y resultados concretos.

Lo que los votantes les están pidiendo a De la Espriella en Colombia, a Fujimori en Perú, a Milei en Argentina o a los partidos de derecha en Europa no es necesariamente una agenda conservadora en lo social. Les están pidiendo que el Estado funcione, que las calles sean seguras, que la economía permita planear el futuro y que la clase política deje de vivir mejor que los ciudadanos a los que dice representar.

Son demandas que cualquier gobierno, de cualquier signo, debería poder satisfacer. El problema es que la izquierda, en demasiados casos, no lo hizo. Y el electorado no espera.

El peligro del péndulo sin final

La historia política latinoamericana tiene la forma de un péndulo que oscila entre extremos sin encontrar el punto de equilibrio donde los ciudadanos puedan simplemente vivir bien. Lo preocupante no es que la derecha gane elecciones, que es un resultado legítimo en cualquier democracia. Lo preocupante es que los nuevos gobiernos reproduzcan, con distinto discurso, los mismos vicios que agotan a sus predecesores.

El poder corrompe con una eficiencia que no distingue ideologías. Y los electorados latinoamericanos y europeos lo saben. Tienen ya suficiente experiencia para no confundir el cambio de nombre con el cambio de fondo.

Lo que el 21 de junio de 2026 deja escrito en la historia es que la izquierda regional no fue derrotada por sus enemigos. Fue derrotada por sus propias promesas incumplidas, por la distancia entre lo que dijo y lo que hizo, por su incapacidad para sostener la confianza de quienes apostaron por ella.

Lula lo dijo en ese micrófono que nadie apagó, con la franqueza que reservamos para los momentos en que creemos que nadie nos escucha: el mundo va por el camino del centro. Esa es la verdad. Los que lo entiendan a tiempo tendrán futuro político. Los que no, ya conocen el camino de regreso a la oposición.

+El autor es redactor de asuntos especiales con cobertura en América Latina y Europa.

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