• Mientras Morena denuncia irregularidades tras su desplome electoral en Coahuila, su historia política está marcada por décadas de desconocer derrotas, acusar complots y rechazar resultados cuando las urnas no favorecen al obradorismo.
Ernesto Madrid
La nueva dirigencia nacional de Morena no tardó demasiado en reaccionar frente al golpe político que representó su descalabro electoral en Coahuila.
Apenas se confirmaron los resultados adversos, la actual presidenta del partido, Ariadna Montiel Reyes, salió públicamente a denunciar presuntas irregularidades en el proceso, acusó una operación de Estado para alterar la voluntad ciudadana y, casi de inmediato, buscó contener el daño interno deslindando responsabilidades de quienes hasta hace poco controlaban la estructura partidista: la exdirigenta Luisa María Alcalde y el entonces secretario de organización, Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente.
El mensaje político fue claro: la derrota tenía responsables externos, pero internamente había que comenzar a repartir costos.
Sin embargo, detrás de esta narrativa apareció una escena demasiado conocida en la historia reciente del obradorismo: la imposibilidad casi genética de aceptar una derrota electoral sin construir, inmediatamente, una explicación basada en conspiraciones, fraudes o manipulación institucional.
Porque en política mexicana existe una constante que se ha repetido durante más de tres décadas alrededor de la figura de Andrés Manuel López Obrador y del movimiento que terminó construyendo: cuando ganan, la democracia funciona; cuando pierden, el sistema está podrido.
No es un fenómeno nuevo. Más bien parece una doctrina política cuidadosamente cultivada durante años. Lo ocurrido en Coahuila simplemente volvió a ponerlo sobre la mesa.
La derrota de Morena frente a la maquinaria territorial encabezada por el gobernador priista Manolo Jiménez Salinas no puede explicarse únicamente bajo el argumento simplista del fraude electoral que ahora intenta posicionar el partido oficialista. La realidad política local lleva décadas construyéndose alrededor de una estructura priista profundamente arraigada que ha sobrevivido incluso al avance nacional de la llamada Cuarta Transformación.
Coahuila sigue siendo, de hecho, una anomalía política nacional: más de noventa años de hegemonía priista ininterrumpida, sin alternancia y con una maquinaria territorial que el propio PRI nacional muchas veces ni siquiera controla por completo.
Cuando Morena pierde, la democracia deja de servir
Pero Morena decidió recurrir al manual de siempre. Lo mismo ocurrió en las elecciones intermedias federales de 2021. Aunque el oficialismo conservó la mayoría legislativa en la Cámara de Diputados, sufrió derrotas particularmente dolorosas en alcaldías estratégicas de la Ciudad de México, bastión histórico de López Obrador.
Aquella noche, lejos de asumir que parte del electorado estaba enviando un mensaje de inconformidad, el entonces presidente optó por cuestionar a las clases medias, sugiriendo que habían sido manipuladas por intereses conservadores y campañas mediáticas opositoras. La autocrítica nunca apareció. Pero este patrón viene de mucho más atrás.
En 2006, después de perder la elección presidencial frente a Felipe Calderón Hinojosa por apenas 0.56 por ciento de diferencia, López Obrador desconoció completamente el resultado oficial, denunció fraude electoral y encabezó uno de los episodios más disruptivos en la historia política contemporánea del país: un plantón de 48 días sobre Paseo de la Reforma que paralizó buena parte de la capital del país.
Como cierre de aquella crisis, se autoproclamó públicamente “presidente legítimo”, creando un gobierno paralelo simbólico que profundizó una polarización política cuyos efectos todavía acompañan al país. La escena volvió a repetirse en 2012.
Tras perder frente a Enrique Peña Nieto, nuevamente desconoció inicialmente el resultado electoral. Su equipo presentó impugnaciones legales denunciando compra masiva de votos, manipulación electoral y uso ilegal de recursos públicos. Las instituciones validaron el triunfo priista, pero el discurso de fraude volvió a instalarse como explicación automática frente a la derrota.
Incluso antes de convertirse en figura nacional, López Obrador ya había ensayado el mismo libreto político. En 1994, como candidato del entonces Partido de la Revolución Democrática al gobierno de Tabasco, desconoció el triunfo del priista Roberto Madrazo Pintado, denunció fraude electoral y convirtió aquella batalla política en una narrativa que incluso quedó documentada en su libro Tabasco, víctima del fraude electoral.
Treinta años después, la paradoja resulta imposible de ignorar. El movimiento político que durante décadas hizo del combate al fraude electoral una bandera moral hoy controla la Presidencia, domina el Congreso, tiene presencia territorial mayoritaria en gran parte del país y mantiene una influencia inédita sobre instituciones que antes acusaba de estar secuestradas por el viejo régimen.
Pero cuando aparece una derrota importante, el reflejo sigue siendo exactamente el mismo. No hay errores internos. No existen malas decisiones estratégicas. No se reconocen derrotas políticas legítimas. Siempre hay un enemigo externo responsable. Quizá esa sea hoy la mayor contradicción del obradorismo: después de prometer cambiar la cultura política nacional, terminó heredando exactamente uno de los viejos hábitos que juró erradicar.
Porque al parecer, para Morena, la democracia funciona perfectamente…
siempre y cuando gane Morena.
@JErnestoMadrid
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