El Monstruo de Atizapán ya no existe más que en los expedientes. Andrés Filomeno Mendoza Celis, el feminicida serial que convirtió su casa en una fosa clandestina, murió este jueves 29 de octubre de 2026 en el penal de Tenango del Valle, Estado de México. Tenía 78 años.
Los primeros reportes indican que custodios lo encontraron sin vida en su celda durante la madrugada. Ocupaba un área que el penal reserva para personas adultas mayores y en situación vulnerable. Algunos medios ubicaron el deceso por la tarde, así que la hora exacta todavía no tiene confirmación oficial.
Las autoridades atribuyen la muerte a problemas de salud propios de su edad. Hasta ahora, ni la Fiscalía mexiquense ni la Secretaría de Seguridad publicaron un dictamen detallado. El dato que sí pesa: el hombre arrastraba desde 2025 un cuadro respiratorio grave que ya lo había mandado al hospital.
Un final anunciado desde el hospital
En el verano de 2025, el penal trasladó de urgencia al reo al Centro Médico Adolfo López Mateos, en Toluca. Los médicos le diagnosticaron estenosis traqueal, un estrechamiento de la tráquea que complica respirar, más una neumonía nosocomial. Algunos reportes también mencionaron diabetes.
Pasó casi dos meses internado bajo custodia. A inicios de octubre de 2025 regresó a Tenango del Valle, con un estado de salud que las autoridades describían como delicado y bajo vigilancia especial.
Otro detalle que dibuja el final: según reportes de 2025, nadie lo visitaba en prisión. Las autoridades penitenciarias tampoco lograron contactar a algún familiar. Murió solo, en una celda, lejos de la casa que lo hizo tristemente célebre.
Cómo cayó el Monstruo de Atizapán
La historia que destapó todo arrancó el 15 de mayo de 2021. Reyna González Amador, de 34 años, no volvió a casa. Su esposo, un policía, siguió su rastro hasta un domicilio en la colonia Lomas de San Miguel, en Atizapán de Zaragoza.
Ahí encontró el cuerpo desmembrado de su esposa. Su búsqueda, no un operativo previo, puso a la Fiscalía General de Justicia del Estado de México (FGJEM) frente a la puerta de Andrés Filomeno. Las autoridades lo detuvieron ese mismo día. Tenía 72 años.
Sus vecinos lo conocían como “el señor Andrés” o “El Chino“. Nadie sospechó nada durante décadas. Y ese es justo el punto más incómodo del caso: un hombre mató durante años en una zona habitada sin que ninguna alarma institucional sonara a tiempo.
La casa que funcionó como fosa
Lo que los peritos hallaron después parece guion de true crime, pero es real. En el predio, los especialistas forenses recuperaron más de 4,300 restos óseos, cifra que en 2022 ya rebasaba los 4,600 fragmentos.
También localizaron credenciales de elector, ropa, zapatos y objetos personales de mujeres desaparecidas. Encontraron libretas con nombres, casetes de video y maquillaje. Ante las autoridades, el detenido habría confesado que consumía restos de sus víctimas; de ahí su otro apodo: el Caníbal de Atizapán.
La investigación ligó al feminicida con al menos 19 feminicidios cometidos, según algunos reportes, entre 1994 y 2021. Él mismo habló de unas 30 víctimas, en su mayoría mujeres y también algunos menores.
Ocho sentencias que ya no cumplirá
La FGJEM armó el caso víctima por víctima. Entre marzo de 2022 y febrero de 2024, los jueces le impusieron ocho sentencias condenatorias: una de prisión vitalicia, otra de 92 años y seis más de 55 años cada una.
La vitalicia llegó por el feminicidio de Reyna, con una reparación del daño cercana a un millón de pesos. La octava, en febrero de 2024, correspondió a Berenice S.O., una mujer que desapareció el 7 de abril de 2012. El juez fijó en ese caso una reparación de 1 millón 864 mil 36 pesos.
Con su muerte, la ley mexicana extingue la responsabilidad penal. Traducido: no habrá nuevos juicios contra él. La gran pregunta sin respuesta es qué pasará con las reparaciones económicas que los jueces ordenaron y si las familias verán algún peso.
Lo que su muerte no cierra
La muerte de Andrés Filomeno cierra una biografía, no un caso. En febrero de 2022, la Fiscalía apenas había identificado a seis de las 19 víctimas que vinculó con el inmueble. En 2025, la dependencia aseguró que seguía analizando evidencia para poner nombre a más restos.
Eso significa que hay familias que todavía no saben si su hija, su madre o su hermana terminó en ese predio. Para ellas, el deceso del feminicida no trae justicia completa: trae la certeza de que él ya no podrá decir dónde, cuándo ni a quién.
El caso también deja una lección que en redes se repite cada vez que aparece una nueva fosa: la búsqueda de mujeres desaparecidas en el Estado de México suele avanzar gracias a familias que investigan por su cuenta. Con Reyna pasó exactamente eso.
El Monstruo de Atizapán se va sin dar todas las respuestas. La deuda, ahora, queda del lado de las instituciones: identificar a cada víctima y garantizar que ninguna familia se quede con un expediente vacío.
