• El diálogo entre Sheinbaum y Trump dejó intactas las presiones de Washington, exhibió la fragilidad del gobierno mexicano y confirmó que la relación bilateral atraviesa su momento más riesgoso.
Ernesto Madrid
La presidenta Claudia Sheinbaum presentó como positiva su conversación telefónica número 15 con Donald Trump. Seguridad, combate al narcotráfico, soberanía, comercio e inversiones fueron los temas enumerados en el mensaje en X. El lenguaje fue el esperado: cooperación, respeto mutuo y diálogo permanente.
Pero la relevancia política de la llamada no está en lo informado, sino en el contexto que lo rodea y en las omisiones deliberadas.
El contacto se dio después de que Trump endureciera su narrativa contra México, insistiendo en que el país está controlado por los cárteles y sugiriendo, sin matices, la posibilidad de acciones “por tierra”. El antecedente inmediato —la intervención militar estadounidense en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro— convirtió esa retórica en algo más que una bravuconada electoral.
Sheinbaum intentaba caminar con cautela en ese terreno minado. Había instruido a los cuadros de Morena a evitar declaraciones incendiarias y a mantener un perfil bajo. Esa estrategia se vino abajo cuando Andrés Manuel López Obrador reapareció para condenar la detención de Maduro, en un mensaje unilateral que tensó aún más la relación con Washington y desbarató cualquier margen de maniobra diplomática.
Tras el pronunciamiento de la Cancillería mexicana contra la intervención estadounidense y las propias declaraciones de la presidenta, Trump respondió elevando el tono. En una sola semana reiteró dos veces la acusación central: que a México lo gobiernan los cárteles y que “algo” tendrá que hacerse.
A esa presión se sumó un dato explosivo: en la acusación contra Maduro, México aparece mencionado en al menos 25 ocasiones como punto clave para el tráfico de drogas y de dinero. En Palacio Nacional se reconoce que ese expediente podría convertirse en un arma política si el propio Maduro decide hablar. El riesgo es evidente: que a la Cuarta Transformación le aparezca su propio Genaro García Luna.
En ese escenario, la suerte de políticos de Morena señalados por vínculos con el crimen organizado dejó de depender de las instituciones mexicanas. La decisión ya no está en la Fiscalía ni en los aparatos de seguridad: está, cada vez más, en Washington.
Trump lo dejó claro al afirmar que el límite de su poder no es el derecho internacional, sino su “propia moralidad”. No fue una frase retórica. Fue una advertencia.
Frente a esa presión externa, el gobierno mexicano muestra una debilidad interna estructural: la ausencia de un verdadero mecanismo de manejo de crisis. Sheinbaum se enteró de los acontecimientos en Venezuela por su equipo de redes sociales, no por la Cancillería ni por los servicios de inteligencia. El gabinete no opera como un órgano de Estado, sino como un círculo de contención política.
A diferencia de gobiernos anteriores, que contaban con gabinetes de emergencia, cuartos de situación y protocolos de crisis, el régimen obradorista nunca construyó ese andamiaje. López Obrador gobernó sin método y Sheinbaum heredó esa carencia en el peor momento posible.
La relación bilateral, además, llega erosionada por años de pragmatismo extremo. López Obrador apostó a la cercanía personal con Trump y acostumbró a México a ceder sin confrontar. Hoy, ese legado pesa.
La prueba fue el silencio. Marco Rubio tardó casi 72 horas en responder la llamada del canciller Juan Ramón de la Fuente. Cuando finalmente lo hizo, el mensaje del Departamento de Estado fue seco y contundente: exigió acciones concretas para desmantelar a los cárteles, en un tono más cercano al ultimátum que a la cooperación.
¿Es posible una intervención militar de Estados Unidos en México? Sí, la historia lo demuestra. ¿Es probable en el corto plazo? Los análisis coinciden en que no. El costo económico, político y militar sería devastador para ambos países. Romper el T-MEC, colapsar cadenas de suministro y abrir un conflicto armado contra organizaciones incrustadas en la sociedad mexicana sería un escenario de alto riesgo incluso para Washington.
Pero que no sea probable no significa que no sea una amenaza útil.
La llamada entre Sheinbaum y Trump no desactivó esa presión. Apenas compró tiempo. Y en diplomacia, cuando el tiempo se compra bajo amenaza, nunca es gratis.
@JErnestoMadrid
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